StartseitePoetasPoetas del tiempo clásicoEnrique Quintero Valencia

Nace en Salamina en 1942. Terminó sus estudios de Derecho en la Universidad Libre en Bogotá. Profesor universitario.

Poesías en esta página:

EL BARRO VIBRANTE; CUANDO POR MI TE PREGUNTEN; EL ANAFRODITA.
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EL BARRO VIBRANTE

Hoy la vida.
Y la Herida.
Y los antojos.

Y mañana estas manos,
y mañana estos ojos
serán espuma de olas
y sarmientos cansados.

Y estos ojos abiertos de banderas,
ojos de brio, ojos de luz,
no verán primaveras,
ni cantarán la sed de las esperas
debajo de una cruz.

Y esta manos inmensas
y estos ojos intensos
no ahorcarán el tedio con las trenzas
ni trazarán la paz con los inciensos.

Pero ahora estos ojos
y estas manos
no son aún abrojos
ni despojos
humanos.

Hoy cabe en estas manos
una cabeza de mujer hermosa.
Y estos ojos humanos
pueden saciar la sed de los veranos
en el cándido cáliz de una rosa.

Y en una mariposa
pueden adivinar un beso arcano
que vine de un país lejano
desde los labios de una dioa.

Estos ojos de jade
y estos labios de sed
gozan de dicha cruel que los invade
desde la poma invicta de unos senos de miel.

Hoy la Vid.
Y mañana...

Oh la vida vivida
sin prisa de llegar a la liviana
quietud adormecida...

Estos ojos de hielo
y estas m de amor
construyen cerca el cielo
contra el tirano soplo del dolor.

Y mañana
cerrando el libro de la vida vana
olvidaré este hoy.

Y sabré que finado el camino
está yerto mi vino
y barro simle soy.

CUANDO POR MI TE PREGUNTEN

Si por mi te preguntan
mira a lo lejos sin decirles nada...



El aire estará pálido
como una tarde con palomas blancas,
y el sol desgranará sobre los campos
su cosecha de llamas.
Tu cintura redonda
será como una luna en la alborada;
tendrá tu paso azul ritmo de cuna
y un camino de miel bajo tu planta.

Mivoz tendrá la longitud de un sueño,
y no hallará mi nombre tu esperanza...

Sacarás del olvido mi recuerdo
lo mismo que se saca
del fondo del arcón
la bandera empolvada,
o como una cinta donde ya
se ha secado el perfume paciente de las lágrimas.

Pensarás en mi vida de marino
vencido por la tierra y las montañas,
extraviado en ciudades,
comulgando la brisa cotidiana,
atado a la enemiga bahía de tus brazos
por un amor inútil y un deseo sin anclas:

Marino entierra firme,
muerto lejos del mar y de las algas...

Y mirarás tus manos
donde mis manos tristes reposaban
la despierta fatiga de las calles
y el extenso rencor de las batallas,
la sal de los caminos siempre ciegos,
y la perenne hiel de las palabras.

Muy silenciosamente
golpeará mi nombre a las puertas de tu alma,
y ya para más nunca van a salir a abrirme
tus ojos pensativos borrachos de distancia.

Recordarás -¡quién sabe!-
que mi mano anarquista y gitana
le limpiaba los ojos al paisaje
manchado pr el humo de las fábricas.

Recordarás acaso que en tu oído
mi boca desgranaba
un evangelio azul de eternidades
amorosas y dulces
como un nido temblando entre las ramas...

Que mi amor te quería como un niño
a quien le falta cuna para arrullar sus adas,
y una mano que enrede en sus cabellos
la caricia infalible de las manos amadas...

Si estoy vivo y lejano
pensarás un camino con estrellas amrgas.
Sabrás que entre mis ojos aquella antigua fiebre
solo sostine ahora la anemia de su llama,
y que bajo mis pasos crrece el mundo
igual que en la solapa una flor trágica...

Si me morí de amarte y olvidartte,
de no tenerte y de mirarte extraña,
envolverás mi nombrre en tu suspiro
para cambiarlo en flor y darle alas.

Caída la cabeza hacia la tierra
por donde huyó mi última jornada
musitarás, como quien recuerda
una historia lejana:

Era apenas un hombre,
y ya se me olvidaron sus palabras...

EL ANAFRODITA

Sátiro o anafrodita
yo jamás me sentí normal.
Habitador de urbe maldita
fui fiel siempre a la cita
de mi pedado original.

En redomas de muelle tacto
bebí láctea placidez
mientras el hábil sexo exacto
sangraba el sexo intacto
con una cruenta avidez.

En los abrazos abismales
supe extasiar tanta osadía
que los reflejos matinales
avergonzaron saturnales
que edificaba mi agonía.

Y otras mujeres soledosas
y espirituosas como el vino
me besaron diciéndome cosas
y consolando generosas
su propio mísero destino.

Un día abrí mis manos claras
ebrias de copas nocturnas,
y silencié las algazaras;
mis horas grotescas y raras
fuéronse haciendo taciturnas...

La hendida pezuña agresiva
desvió sus caminos de fuego
y quiso andar hacia arriba,
pero la gracia esquiva
desatendió mi ruego.

Y aquilatada la pasión
en su equilibrio de quimeras
destituyó la rebelión
y saturó mi corazón
con luz de castas primaveras.

Carne sellada con cilicios
y con silencios elocuentes,
no fueron ya rojos mis vicios,
ni mis insomnes precipicios
ni mis palabras profirientes.

El potro rojo a sus ejidos,
el potro negro a sus cañadas;
descabalgué mis blancos nidos,
dejé sin fuego los latidos
y las hembras despetaladas...

Traje mis manos a mi mismo
y las cerré sobre el vacío,
sin oprimir senos de sismo
ni acariciar el paroxismo
del flanco que antes fuera mio...

Ahora el silencio se remansa,
se hace quietud el beso,
y se adormese la esperanza
en una paz que ya no alcanza
a conmover ningún exceso.